Historias de una educadora

“Todos dicen que los primeros años de servicio son los que están guiados por el amor al mismo, pero yo digo que lo que en verdad amas, inicia con el amor y continúa con la pasión y el hambre constante de querer siempre hacerlo cada vez mejor.

Vivía ilusionada por poder ser maestra, nada era fácil en ese momento para poder  lograrlo, sin embargo aprendí a perseverar y luchar por lo que deseaba; y al fin estaba ahí de pie frente al que sería mi salón de clases, era tanta  la emoción que no me percaté de cuán lleno de lodo estaba, yo solo me enfocaba en ver como quedaría una vez que lo decorara, empecé las labores de limpieza, habían ahí unas personas que llegaron a observar, tuvieron que cruzar la presa en sus chalupas que ellos mismos construían, era su único medio de transporte, se pararon en un lugar alto empezaron a silbar,  los habitantes de la isla se asomaron contestando mediante un silbido y así empezó la conversación entre ellos, rápidamente ya habían muchos en la pequeña escuela, unos lavaron, otros chapearon, todos colaboraron y pronto quedó todo listo para el otro día y recibir a los niños de preescolar, ese mismo día, pasó la hora sin darme cuenta y se me fue la única camionetita que entraba a recoger a los maestros, pero un señor que hablaba un poco el español me dijo, no te preocupes maestra, nosotros te vamos a cruzar por la presa, saldrás rápido a la carretera ahí agarras el camión, muy contenta estaba lista para la nueva aventura.

Al otro día por primera vez recibiría a mis alumnos, muy temprano ya estaba ahí pegando en las paredes algunos dibujos, tuve que prender una vela para derretir el silicón, pues ahí no había llegado la energía eléctrica; enseguida empezaron a  llegar, aún no daban las nueve de la mañana como me dijo la supervisora que tenía que empezar, la gran mayoría llegaba descalzo, observé sus pequeños pies, sus dedos eran muy abiertos, y la piel un tanto arrugadita llenos de lodo,  uno por uno empecé a lavarles los pies desde la rodilla, ellos se sentían apenados llevaban sus manos a la boca y se reían mirándome como les tallaba las piernas y los pies, algunos lloraban, enseguida saque la bolsa de dulces y les repartí, nunca había visto el rostro de un niño de esa manera al recibir un dulce, al grado que suspiraban, esto en verdad me transformó, me movió todas mis fibras más sensibles, y no se imaginan los rostros cuando les llevé pan a todos; a partir de ahí empecé a llevar todo lo que pude, sobre todo ropa y zapatos, al grado que aún las mamás ya estaban esperando la camioneta porque sabían que llegaba con cosas, yo visitaba vecinos, amigos y a todo quien podía para recolectar todo cuanto podía.

Esa primer mañana yo sabía que tenía que empezar con el saludo, mi planeación estaba lista, y eso era lo que indicaba, la elaboré con mucho entusiasmo, pero en ese día no me sirvió, empecé a cantar con ellos pero canté y canté y canté, y ellos solo me observaban, cuando yo  hablaba solo me miraban, y cuando necesitaban decirme algo no les entendía nada, pues hablaban en chinanteco, una que otra mamá estaba observando todo lo  que pasaba y cuando esto sucedía ellas intervenían, ahí me di cuenta que la teoría que yo conocía estaba muy alejada de mi realidad y la planeación que había diseñado, no decía como darle clases a niños que no hablaban español, niños que solo me pedían otro dulce, o que recorrían los espacios del salón unos para tocar todo lo que había y otros para buscar por donde salir; así que empecé a buscar y a construir mis propias estrategias, lo primero que hice fue buscar a una persona me  ayudara a traducir y al mismo tiempo me serviría para aprender algunas palabras, y así fue una joven de la comunidad se ofreció a ayudarme, esto fue de gran alivio para mí pues facilitó un tanto mi labor que nunca imaginé cuán difícil seria.

A la hora de la salida que era la misma que la de la primaria, sus hermanitos pasaban por ellos, se subían a la chalupa y cruzaban la gran presa remando; los primeros días al observar sufría demasiado, pues no podía entender como hacían esto tan pequeños que eran, y todos los días me paraba un buen rato en la lomita para ver como muchas chalupas iban avanzando, algunos jugaban a las carreras y pensaba; estaré observando por lo menos gritaré si algo pasa, cada día hacia lo mismo, hasta que logré a acostumbrarme, al grado que yo también aprendí a remar y a cruzar la gran presa, cada vez que los iba a visitar y cada vez que la camioneta me dejaba.

Iniciando esta loable labor en esa comunidad, de nombre Raya Soyaltepec, municipio de San Lucas Ojitlán Estado de Oaxaca; me permitió construirme nuevos retos cada día, cada curso escolar, porque cada niño, cada vida, es una nueva enseñanza para mí; hasta el día que ya  no me queden fuerzas,” y por eso digo que lo que en verdad amas, inicia con el amor y continúa con la pasión y el hambre constante de querer siempre hacerlo cada vez mejor.”

MTRA.ANGELICA MARIA CONTRERAS VALENTIN

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